lunes, 30 de enero de 2012


Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor  y en el agua.
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto como un racimo entre mis manos cada día.
A nadie te pareces desde que yo te amo.


Pablo Neruda.

sábado, 28 de enero de 2012



cultivo una rosa blanca, en julio como en enero


para el amigo sincero que me da su mano franca


y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo


cardo ni ortiga cultivo, 


cultivo una rosa 


blanca.



José Martí.

lunes, 23 de enero de 2012


Me pediste que te amara. Éramos jóvenes, y nos sentíamos exuberantes, repletos de esperanza. El amor se revelaba ante nosotros como una idea abstracta, un bonito concepto literario de definición incierta que apenas podíamos abarcar. Era pasmosamente fácil para vos, en ese momento, rogarme que te quisiera; y más fácil aún, para mi, prometerte que lo haría. Y, como mis insensatos padres me criaron con los ideales de un hidalgo del siglo XIX (doscientos años después, y viviendo en la pestilente ciudad en la cual vivíamos), todavía no rompí mi promesa. Sí, todavía te amo.
A veces el inexorable paso del tiempo se vuelve un detalle que puedo ignorar. Me levanto de la cama y apenas noto la puntada que lacera mi cintura cuando me inclino para acomodar la sábana sobre tu espalda desnuda. Te miro dormir, y los recuerdos se mezclan en mi mente, se ponen borrosos, indistinguibles. No sé si esta noche que compartimos es una de invierno, o de verano; si nos encontramos en Barcelona o en Rosario; si tenemos veinte años y apenas nos conocemos; o cincuenta, y esperamos la llegada de nuestro primer nieto. Tampoco me importa. 
Claro, nada me importa. Como puede algo importarme si estas asi. Respiras, muy densamente. Los vestigios de las ultimas horas de asfixian, de manera dulce, no agresiva. Tal vez pienso en la inmensidad de nuestro futuro. Esa inmensidad que tendría la facilidad de convertirse en nada de un segundo a otro. Pienso en esos ojos negros, que se tornan azules cuando sonríes. Pienso que estas demasiado dormida como para escuchar que estoy despierto. Tal vez podrías despertar, y mirarme, así yo moriría en mi dulce rendición, esa rendición en la que baso mi vida. No puedo parar de mirarte, en serio, no puedo. La tesitura de tu piel, blanca. No tan perfecta. Quisiera que mi respiración vibrara al ritmo de tu corazón. Ese corazón que puedo escuchar desde aqui, cerca, muy cerca. Casi puedo meterme en tus sueños, e instalar allí mi gobierno. Casi puedo tocarte, pero claro, no quiero interrumpirte, quien sabe, tal vez sueñas con libros, poemas, barriletes.
Sé que lo imposible de nuestra realidad no podría superar nunca el mundillo inventado por el que te mueves dormida. Lo entiendo, querida, lo entiendo. Intento no resentir la forma en la que te desligas con  alegre disposición de mi, de los chicos, de la casa que se cae a pedazos, de las insatisfacciones del trabajo de todos los días. No puedo odiarte por tu facilidad para desaparecer de tu propia mente. No puedo odiarte cuando te miro dormir, y te quiero tanto como la primera vez que te quise.  
Pero los años pasan,  y, después de un rato de estar despierto, es inútil negarlo. Cada mañana me despierto como si hubiese envejecido una década más. Cada vez duele más. Soy consciente de que esta enfermedad está a punto de ganarme a pulso, querida. Y por eso escribo esto, imaginando que, tal vez, lo encuentres y lo leas, y te sientas menos sola después de que yo haya partido. 
Quiza nunca entiendas el por que de mi partida. Nunca jamas, te he contado, ni te contare (claro, hasta que leas esto) que estoy enfermo. Muy enfermo. Tal vez, nunca me vaya, tal vez deberia empezar a creer en los milagros. Las palabras sobran, sobran mucho. Y los besos escacean. No quiero irrumpir en tu placido sueño. No quiero decirte que quizas esta haya sido nuestra ultima noche. Mi ultima noche. No te negare que siempre voy a estar a tu lado. No para perturbarte, claro. Tan solo, para que no te sientas sola. Sola, sola. Jamas lo estaras, no mientras que mi alma siga danzando entre el papil tapiz que elegiste para el cuarto. Tu cuarto, que supiste compartirme. Papel de arena, papel que con el tiempo se fue desgastando, desgastando como yo. Yo que con mis ultimos suspiros de felicidad te los he dedicado, como te he dedicado cada segundo de mi vida.
Pero que mi aparente resignación no te engañe, querida. No quiero morirme, no quiero que algo tan banal como la muerte rompa este encanto. No creo que eso sea posible, de cualquier modo. Ambos sabemos que hemos atravesado juntos todos los obstáculos que nos puso la vida, y no puedo evitar dudar de que este último escollo, mi partida, pueda separarnos de algún modo.

(perdon, se me fue al carajo la inspiración xD)

jueves, 12 de enero de 2012

LA CASA DE ASTERION

La casa de Asterión

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó
Asterión.
APOLODORO, Biblioteca, III, 1


Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales
acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) (1) están
abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera.
No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud
y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra.
(Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores
admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión,
soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una
cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo
hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y
aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de
un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente
oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas,
otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi
madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros
hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura.
Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado
para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia
generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las
noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por
las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un
aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que
me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con
los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha
cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que
prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa.
Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora
desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás
una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me
equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes
de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio,
un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios,
aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a
fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado
la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una
visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los
templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que
parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado
las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal.
Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a
buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me
ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir
una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la
soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído
alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un
lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto.
¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como
yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de
sangre.
—¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.


A Marta Mosquera Eastman