lunes, 21 de noviembre de 2011


-Sos hermosa cuando te enojas. –la piropeó, con una media sonrisa socarrona impresa en sus facciones sin falla, perfectas. El hijo de puta era perfecto.
Ella entornó los ojos; y lo observó, incrédula, por encima del cañón de la pistola. Se planteó si deseaba realmente borrar esa expresión desafiante, si valía la pena; desarrolló minuciosamente los pros y contras de cargarse a ese pelotudo. Finalmente, bajó el arma y negó con la cabeza. Era un idiota, pero no merecía ser agregado a la lista de fantasmas que yacían, inmóviles pero ruidosos; en algún cajón mugroso de su mente.
Giró en seco, y caminó fuera de la habitación; masticando pedazos de ira curtida como cuero. Imaginó, en cada paso que daba, la sonrisa de dientes parejos y blancos adquiriendo un brillo triunfal. Escuchó el sonido sordo de sus pesadas botas sobre la alfombra hinchada de polvo, recitando algún inútil mantra de control.  Al llegar al umbral, se dio vuelta sin poder evitarlo; y, a pesar de su inesperada conciencia, le quitó el seguro al arma, y apretó el gatillo.
Sin verificar si su puntería había sido igual de certera que siempre; cerró la puerta detrás de sí, dejando a un atónito Gabriel examinando alternadamente el raspón que había producido la bala; apenas rozándole el hombro, y la misma bala, encastrada en la pared.

En los sucesivos años, Gabriel observaría el agujero dejado por la bala en la pared; que le recordaría dos cosas importantes que no debía olvidar. La primera, que en ese lugar la belleza no valía absolutamente nada. Y la segunda, que meterse con ella era una mala idea.

Camila.




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